PRECISO ME ENCONTRAR

“Bueno, no estamos en el fin del mundo, pero desde aquí se ve ” 


Thelma y Louise

Esto nos ocurrió un día en la mañana por la ruta T-207 conocida como “la carretera peligrosa”. Nos gustaba escuchar música que le combinaran a sus rizos y a sus relatos que se ondulaban, como si las notas, entre risa y samba, espantaran la lluvia en el vidrio. Preciso me encontrar se llamaba la canción y le puse play cumpliendo mi rol histórico de copilota. 

Por instantes, el solsticio de invierno se hacía tan lejano, nos imaginábamos en tierras más alegres, planeando viajes para hacer juntas con sol. En un instante de la canción, nos adelanta un auto veloz en plena curva, que se enfrenta a un triángulo de ojos de gato en el suelo y un camión en la pista de una vía. Los recuerdos se tornan confusos. 

Posterior al juicio del accidente, en el cual se argumentó acerca del copioso clima, él se fue sin pena ni gloria. Perdí la cuenta de los días intentando comprender, queriendo alterar en vano alguna pieza como si de mi voluntad dependiese. Lo busqué hasta dar con su puesto de trabajo, inventando un problema bancario: oí su voz, con ese hablar cansino, al otro lado del teléfono. Era un tedio su atención, imaginé ese trabajo suyo de seis horas escuchando y oyendo miles de palabras, como las que yo escucho antes de dormir, su hastío de solucionar inconvenientes ajenos con números abstractos que jamás tendrá en su propia cuenta. 

Estuve segura de que era de esos sujetos que agradece a Dios por un día más de vida como por superstición cotidiana. Dispuesta a saber más, lo llamé para una encuesta anónima de bienestar, sintiendo un nivel de confianza notable. Supe que tenía problemas en su trabajo, en los años que le endosan de ser rostro de la marca, pero sin las acciones, decía que ellos especularon con su desgracia. Al parecer, necesitaba hacer catarsis y prosiguió con una gelatinosa verborrea:  

– Sí señorita de la dulce voz, tengo dos bendiciones de 28 y 33 años. No tengo mayores problemas con lo que fue de la crianza, son hombres sanos, pero usted sabe que para mí siempre serán pequeños. 

A lo mejor los llama por guagüitas en lo íntimo y quizás tigres, campeones, camboyanos, para denotar su afecto y resaltar sus supuestos dotes sexuales, no lo sé, no indagué en cómo los nombraba. Como civilmente divorciado, su relación con sus hijos se convirtió en fin de semanas, con el tiempo, visitas mensuales y con los años, más esporádicas aún. Hubo, en tiempos pretéritos, un par de demandas por pensiones, no había otros antecedentes. Por lo cual, él no estaba enterado de que uno de sus hijos es hueco (esa palabra usaría él yo creo): la Rosalía, famosa cola de la ciudad, conocida por sus grandes shows con fuego y toda la cosa. El otro hijo, sólo prefiere lamentarse en su miseria y busca novias mamás. Esta segunda información fue recabada preguntándole a algunas de sus ex parejas. Luego de una notable cantidad de documentales, he constatado el peligro que significa la reproducción humana desmedida.

Yo lo había seguido en otra ocasión hasta el Hospital, vi cómo llegó a la puerta y salió corriendo. Me contaron mis amistades que trabajan ahí, que lo viene evitando hace años, falta a sus controles, lo típico que se puede saber con su Rut y mi carisma. En la encuesta telefónica siguió con la misma tónica: 

-Sí señorita, mi salud está muy bien, un resfrío al año máximo, no me gusta empastillarme. Además, si voy al Hospital me van a encontrar un montón de enfermedades. Así que mejor quedarse, así como se siente uno, bien. 

Lo más extremo fue una vez que me encaramé en su techo. Después de esa vez no lo hice más: cuando se desnudó antes de vestir, vi su horrible pijama, sus urticarias nerviosas, a lo lejos, los mechones de pelo que caían. Vi el lunar negro debajo de su tetilla, la hernia inguinal coronando su pelvis, sus piernas varicosas pobladas de canas. 

En sus redes sociales no era tan activo en publicar, aunque busca a perfiles de mujeres como en un catálogo, a través de un insípido teclado y viendo fotos con las que evoca, por sinestesia, los cuellos olorosos de las antiguas mujeres que lo dejaron al intentar cambiarlo infructuosamente. Hojea, como si se tratase de un adulto, que de niño tuvo “carencias económicas” (horroroso término) y sintiera, en esa posibilidad de elegir, un poder superior. Lo gracioso, es que en las fotos de su perfil es notoria esa configuración de niveles “modo belleza” y se aprecia como un bebé nipón sin arrugas.  

Seguía experimentando profunda rabia hacia ese sujeto: ¿por qué debería sentir lástima porque lo hicieron hombre a palos y martillos? Porque cuando quería reír por algo que lo emocionaba él debía modular una sonrisa contenedora ¿Pobre niño herido? Mi pensamiento migraba, pero el camino nómada seguía siendo: conocerlo más hasta desmantelar ese cínico perdón, el cual proferí como un acto de compasión, secretamente movilizado por la culpa del deseo de venganza o decidir vengarse simplemente. 

– “No nací buen cordero”, pensaba. Prefería ser un ave de presa, como una lechuza lista para cazar. En ese momento que me vi tan contrariada, después de varios días o meses, escuché la canción con la que viajábamos y por fin pude llorar. Lloré como se llora una muerte, con el corazón que se atora en la garganta, como si las uñas lo agarraran, como si se tuviese la certeza de que la muerte y sus dolores volverán a aparecer después. Se llora como se llora a un ser amado, encogida, débil.  Decidí no ensuciar ni una pluma con su sangre, desde lo que creí ser capaz, se jerarquizó nuestra relación espía-sujeto y fui más fuerte que él. Se había convertido en menos que un enemigo, su existencia era patética. Su vida era una purga. No me di cuenta cuando me convertí en solo rabia y amargura. No lograba volver a mi centro.

Luego de unos años leí en los diarios que, en la precordillera cerca de la carretera donde lo encontramos, se le cruzó un animal en el camino. Apareció un oso que chocó con su barriga en el capó del vehículo y con su garra enorme chocó el vidrio delantero. Sobrevivió, pero después de esa experiencia se perdió en la montaña, se fue de bruces al acantilado y volvió a lo sensible. La muerte lo acompaña como si sus heridas tuvieran sabor a destilado y el cemento fuera su suelo forzoso como sujeto errante. Su amor permaneció en la gracia de los sueños que lo acunaron en la desdicha. 

Pienso en esa mañana en la ruta T-207: ella no despertó más y entendí con el tiempo la consistencia, estaba allí frente a mis ojos, enfrentar el caos, el cambio que nunca se agota. 

Me siento una pequeña pequén, que se posa en la estaca y espera en su duelo.

Por Camila Almendra