JUAN CARLOS GONZÁLEZ

Los conceptos de progreso y modernismo se imponen en Chile durante los años noventa. La sociedad, todavía amedrentada después de una larga y sangrienta dictadura, parece aceptar o resignarse a la apertura económica y cultural. Las personas, como nunca antes en sus vidas, son capaces de adquirir, con relativa facilidad, lo que supuestamente desean. El escenario propicia la multiplicación tanto de malls y supermercados como de universidades y nuevas mallas curriculares. Estudiar en la universidad representa, como nunca antes, una apuesta, un proyecto, una inversión a largo plazo. 

Juan Carlos González, el mismo que lee poemas desde los doce y decide ser escritor a los quince, tiene la posibilidad, si es que su familia se lo permite, de estudiar literatura. ¿Literatura?, ¿por qué no estudias algo de verdad? le espeta su padre, con severidad. Pero González, que deposita una frágil e insolente esperanza en la poesía, está tan seducido que concentra todas sus energías en convencer a su padre y entrar a estudiar lo que desea. Lo que no sabe, Juan Carlos, es que en la universidad, irremediablemente, transformará su genuina ilusión por pusilánimes pensamientos.

Durante las dos primeras décadas del siglo veintiuno, González es premiado, con distintos grados o jerarquías, por la academia y sus complejas nomenclaturas. Ahora Juan Carlos lee menos, se irrita más y desarrolla un extraño sentido del humor. Además de ser un joven escritor, es también un especialista en libros, y sabe muy bien cómo escribirlos, editarlos, diseñarlos y venderlos. González funda una pequeña editorial, capta fondos públicos y rinde homenajes, en ferias y todo tipo de actividades literarias, a libros largos, reflexivos y fragmentados, que nunca mencionen la palabra belleza ni mucho menos la palabra miseria.

Se siente, González, seguro de sí mismo, de lo aprendido y lo logrado, de su departamento y su auto, de su familia y su pequeño hijo, de sus tres libros publicados y su trabajo como profesor universitario. Recuerda aquel día cuando su padre desconfió de su vocación, e intenta perdonarlo por su posición neutral durante su infancia, en dictadura. Hace tiempo no lo llama ni lo visita. Lo imagina en pijama, sentado en el sofá, viendo tele, dormitando a ratos. Lamenta lo desconectado que está del mundo, o del mundo de las ideas, como lee, insistentemente, en las tesis doctorales que a diario corrige.  

Juan Carlos desprecia el uso del lugar común, la marca generacional, los discursos rimbombantes y el exceso de adjetivación. En cambio celebra (no celebra exactamente, pues tiene un extraño sentido del humor) la ficción cotidiana, evitativa, aérea e innombrable. Está convencido que él, y muy pocas personas más, son las únicas realmente capacitadas para escribir. González escribe poesía, narrativa y analíticos ensayos sobre singulares autores o aisladas corrientes literarias. Su biblioteca crece, como crece la racionalidad que imprime en sus acciones.

La muerte de su padre lo alienta a escribir dos libros más. El primero de poemas, largos y bien pensados, capaces de formar asombrosas estructuras. El segundo una novela, corta y laberíntica, en cuya trama, de principio a fin, no pasa casi nada o derechamente nada. Ambas son celebradas (no celebradas) por jóvenes y experimentados críticos, académicos e intelectuales, maestros y doctores en literatura. González está en el peak de su carrera, siendo considerado, al culminar la década, como uno de los mejores escritores de su generación.

Ocurre el estallido social en el final de la década del diez. Luego, la peste y el derrumbe del modelo en los inicios de los locos años veinte. Su hijo cumple dieciocho años. Una noche, tomando desayuno y después de meses de encierro, se enojan y discuten como nunca antes lo han hecho. Juan Carlos critica a su hijo, enrostrándole sus errores, mermando sus capacidades y enumerando lo que en adelante debe y no debe ser. De vuelta, en un rápido y preciso movimiento, es golpeado con un fuerte puñetazo en el rostro, que lo derriba y lo deja unos segundos semi inconsciente.

Por PMT (Perro Muerde Tobillo)